El juego de los cuánticos. Los microrrelatos de Juan Pedro Aparicio

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pedro05POR: JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
UNIVERSIDAD DE LEÓN

Si el cultivo del microrrelato en cuanto tal puede remontarse entre nosotros a los inicios del siglo XX, con Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna, lo cierto es que en las tres últimas décadas hemos asistido al auge del microrrelato, tanto en Hispanoamérica –con nombre universales, como Juan José Arreola, Luisa Valenzuela o Augusto Monterroso, acaso el más conocido-, como en España, donde Ana María Matute, Javier Tomeo, José Jiménez Lozano, Rafael Pérez Estrada, Julia Otxoa, José María Merino, Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez le han dado carta de naturaleza literaria. Los narradores más jóvenes (David Roas, Andrés Neuman, Rubén Abella, etc.) están contribuyendo al asentamiento definitivo del género en nuestras letras. La crítica ha acompañado este renacer con la conciencia de hallarse ante un nuevo género narrativo con rasgos peculiares que los estudiosos han ido precisando frente a la novela, la novela corta y el cuento tradicional. Abundan entre nosotros, en efecto, los libros teórico-críticos sobre el microrrelato, las antologías precedidas de indagaciones que intentan delimitar el género de moda[1], certámenes, congresos dedicados al nuevo género a ambas orillas del Atlántico, editoriales dedicadas preferentemente a la publicación de microrrelatos (Páginas de Espuma, Thule, Menoscuarto); el conjunto es la muestra patente de un intenso cultivo y de unas no menos intensas reflexiones teóricas acompañadas de análisis históricos y críticos; los trabajos de Lauro Zavala, David Lagmanovich o, entre nosotros, Irene Andrés-Suárez y Fernando Valls han ido perfilando los límites y orientaciones de esta “moda” literaria del microrrelato, con las consiguientes reticencias hacia lo que pueda tener, en los casos peores, de chiste, anécdota trivial u ocurrencia ocasional.

En el pensamiento filosófico ha sido provechosa la idea de Lyotard, en La condición postmoderna (1979), sobre el fin de los grandes relatos de la modernidad y sus consiguientes metanarraciones legitimadoras (el marxista de la emancipación del proletariado, el freudiano de la emancipación del inconsciente, la emancipación hegeliana del Espíritu, etc.); tras el descrédito de las legitimaciones modernas de aquel saber totalizador, el conocimiento adquiere en la posmodernidad un carácter fragmentario y aforístico. Quizá convengan estas ideas a la existencia actual del microrrelato, tal vez una consecuencia de la veloz y agitada vida contemporánea, que admite el apunte rápido mejor que la morosa narración de los hechos, el relato mejor que la digresión o la descripción, el fragmento mejor que lo completo, la historia elíptica mejor que la explícita o la reiterativa.

Como ha señalado Lagmanovich[2], la brevedad responde a un espíritu de época que afecta tanto a los textos literarios como a las demás artes, que parecen evitar lo redundante a favor de la condensación. La célebre máxima gracianesca, “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, aplicada al relato literario, pudo responder a algo más ocasional en otros momentos de la historia y a algo más sistemático en la actualidad. De camino hacia el microrrelato cabe decir, con Domingo Ródenas de Moya que la ambición por la brevedad se remonta a los albores del siglo XX; en el caso de la prosa literaria, dos al menos serían las causas de esta tendencia hacia el texto de escasa materia verbal: la limitación del espacio para los relatos en la prensa periódica a partir de 1890 y “la adopción del poema en prosa como género genuinamente moderno que llega directamente en las obras de Baudelaire, Rimbaud o Mallarmé y, ya aclimatado al castellano, a través del Rubén Darío de Azul…”. Para Ródenas de Moya el camino que conduce hacia el microrrelato es “el del poema en prosa, pronto imitado por Salvador Rueda y pronto, con plena fortuna, por Juan Ramón Jiménez” [3]. He aquí, pues, un primer acercamiento, de origen genético en este caso, del microrrelato a la poesía.

Junto a la brevedad, el microrrelato exige narratividad y, naturalmente, calidad literaria. He aquí una definición escueta, como debe ser tratándose del microrrelato, que acoge las tres características: el microrrelato es “un texto narrativo muy breve con carácter estético” [4], lo que quiere decir que los microtextos que no cuentan una historia, por mínima o condensada que sea, no son microrrelatos, como no lo son los aforismos, el juego de palabras, el poema en prosa, el cuadro de costumbres o el apunte filosófico. Una narración implica, como mínimo, y sin meternos en mayores honduras, una sucesión de acontecimientos en el tiempo y la transformación de un estado inicial en otro final.

Brevedad, concisión del lenguaje, narratividad y calidad literaria se complementan con numerosos rasgos que la crítica ha ido sumando a la definición escueta del microrrelato: ficcionalidad (se trata de textos minificcionales), elipsis, dinamismo, sugerencia, precisión del lenguaje, trama paradójica y sorprendente, ambigüedad, ingenio, humor, densidad significativa, arranque inmediato, finalización repentina, inicio in medias res, desenlace inesperado, título implicado en la trama del relato, frecuente carácter intertextual, etc. [5], todo lo cual requiere la colaboración de un “lector cómplice” capaz de llenar huecos, de captar el sentido de lo ambiguo y de interpretar el desarrollo elíptico del relato; un lector, en suma, imaginativo y con sentido del humor. Ningún relato más breve, que yo sepa, ni más necesitado de un lector participativo que el de Juan Pedro Aparicio titulado “Luis VIV”, que sirve para cerrar el libro La mitad del diablo (2006), cuyo título es más largo que el cuerpo del relato, que dice únicamente “Yo”; cabe cuestionar, no obstante, su carácter narrativo –es decir, su entidad de microrrelato- pues en él nada se relata ni hay forma verbal que consigne el desarrollo de una acción; esa acción, en todo caso, no reside en la materia textual, sino que se sucede o progresa en la mente de un lector relativamente culto, conocedor de la personalidad del Rey Sol y de su concepción absoluta de la realeza, hasta proclamar que “el Estado soy yo”.

Los microrrelatos de Juan Pedro Aparicio

En 2006 publicó Juan Pedro Aparicio La mitad del diablo[6] y dos años después El juego del diábolo[7]. Era la primera vez que lo hacía con la conciencia de que estaba escribiendo microrrelatos. Bastantes años antes había publicado un volumen de cuentos titulado El origen del mono y otros relatos[8], dentro del cual hay un par de cuentos, “El presentimiento” y “El humanista”, que por su extensión pueden ser considerados microrrelatos. Por aquellas calendas, Aparicio no sabía, naturalmente, que estaba escribiendo lo que más tarde se llamarían microrrelatos, minificciones, nanocuentos, etc. Aparicio volvió al cuento en 2005 con La vida en blanco[9], donde incluyó de nuevo “El humanista”, sabiendo esta vez que algún crítico, como el que esto escribe, iba a llamar microrrelatos a cuentos como “Tener razón”, de dieciséis líneas, y “Dimisión”, de solo cuatro. Finalmente, en 2010, publicó Aparicio Asuntos de amor[10], con once cuentos (de los cuales sólo los cinco primeros eran nuevos) y “Veintinueve cuánticos de amor”; “cuánticos” es el neologismo que ha suministrado el autor para la denominación de los comúnmente llamados microrrelatos, que aquí aparecen en orden decreciente, ordenación de más o a menos a que nos tiene acostumbrados Aparicio; salvo uno (“Para toda la vida”) todos ellos pertenecen a las dos colecciones de microrrelatos citadas antes y a continuación.

La mitad del diablo y El juego del diábolo contienen 136 y 140 microrrelatos respectivamente: en total, por lo tanto, 276[11]. Según indica en el prólogo del primero (“Razones del título y otras”), su intención primera fue escribir 333 cuentos para el primer título, es decir “la mitad del diablo”, pues “666 es el número del Maligno”, aunque después quedara reducido a una cifra menor. En distintos relatos del segundo libro alude a la mágica cifra de los tres treses: en “Una pesadilla recurrente”, el narrador visita a un psiquiatra a causa de un sueño que lo perturba: tras naufragar y nadar hacia la costa, sufre una enorme fatiga que le impide salvarse cuando está a solo sesenta y cinco metros de la orilla: son los “relatos cuánticos” que aún le quedan por escribir para llegar a la cifra que se ha propuesto; en “Metaliteratura” se hunde a cuarenta y cinco metros de la costa, los relatos que aún debe escribir; en “Final”, relato que cierra El juego del diábolo, da por terminado el libro, que en publicación no llegó a los 333 como se ha indicado. En aquel prólogo da razón de la disminución a 136 en La mitad del diablo: cada cuento requiere el esfuerzo de abandonar el mundo del anterior para familiarizarse con el nuevo, por lo que 333 cuánticos le parecía demasiado esfuerzo para el lector.

También al segundo volumen, El juego del diábolo, antepuso Aparicio un prólogo (“Prólogo cuántico”) para explicar el título, entre otras cosas: “Diávolo es diablo en italiano”, añadiendo que “un diábolo es asimismo un juguete que tiene la forma de dos conos unidos por su parte más estrecha”, es decir, por los vértices: “Como tal juguete siempre me resultó ciertamente diabólico, siquiera fuera por mi torpeza para manejarlo”. El título se refiere a la organización de los dos libros en forma de diábolo, pues los cuentos del primero se organizan en forma decreciente, de mayor a menor materia textual, y los del segundo en forma creciente, de menor a mayor materia textual.

Aparicio llama “cuánticos” o “relatos cuánticos” a sus relatos breves o microrrelatos, por ser la física cuántica, según explica, la que estudia los cuerpos diminutos y porque la física de los “cuantos” se gobierna por una ley ajena a la física convencional, al igual que los relatos cuánticos respecto a los relatos o cuentos convencionales. Reflexiona Aparicio, en uno y otro prólogo, como lo hará después en otros escritos[12], sobre los cuánticos y sus características genéricas. “Una narración que empieza pronto y termina enseguida” es una buena definición de ese género, no nuevo, pero sí novedoso en cuanto a la potencia y originalidad de su cultivo en España e Hispanoamérica, y que llamamos relato breve, minicuento, minificción o, como mención más extendida entre nosotros, microrrelato, sin que el nombre “cuántico” haya tenido fortuna fuera de los escritos de Aparicio. Nada parece más apropiado para una época de prisas y velocidades en la que parece que todo nuestro afán es hurtar minutos al tiempo de que disponemos. Ocurre algo parecido en poesía, si observamos el ahínco con que se ha generalizado e intensificado en el presente el cultivo del haiku, adaptado ya a nuestra tradición por los poetas modernistas. Al microrrelato y al haiku les afectan algunas cualidades comunes, derivadas en uno y otro caso de la escasa materialidad textual, es decir, de la brevedad, como pueden ser el escaso desarrollo de la acción narrada o de la emoción poetizada y la importancia que cobra tanto lo que se dice como lo que se calla. La diferencia es que el microrrelato es un relato y pertenece al ámbito narrativo.

Juan Pedro Aparicio nos dice en el prólogo a La mitad del diablo que al relato breve le afectan dos fenómenos fundamentales: la elipsis y la invención. Supongo que cada narrador tendrá una forma de practicar una y otra y no sé si en el caso de Aparicio la elipsis se produce de antemano, a la hora misma de escribir el relato o es una acción a posteriori, es decir, practicada una vez escrito el relato mayor, sobre el que se van eliminando o suprimiendo elementos fraseológicos o de la historia; porque en narratología la elipsis significa que el narrador se salta algunas partes de la historia que cuenta, partes que, para el buen entendimiento, el lector ha de reponer, de rellenar los huecos instintivamente, con el fin de que la duración del tiempo de la historia se acompase con la del relato en su memoria lectora. La invención –la otra cualidad del relato breve- va unida directamente a la ficción, a la imaginación, a la capacidad de crear ficciones, así como al ingenio, cualidad ésta, la del ingenio, que yo añadiría a los dos señaladas por Aparicio como tercer puntal del relato breve (la brevedad o hiperbrevedad es inherente al microrrelato); el ingenio –o, mejor, la agudeza gracianesca- alude a la inventiva pronta, a la intuición y al artificio; existe un peligro: la caída en la ocurrencia ocasional, la facecia, la mera gracia o el chiste, riesgo más probable cuanto más breve es el relato, a la vista de lo que sucede en los de Aparicio. Me parece indudable que el ingenio bien llevado colabora a la calidad estética y al atractivo lector al microrrelato. En los de Aparicio hay ingenio a rebosar, lo que motivó algunas reticencias, sobre todo en el caso de El juego del diábolo, de críticos como Pozuelo Yvancos, que al reseñarlo habló de “exceso de ingenio, o por decirlo mejor, de ser casi sólo eso, ingenio seguido de más ingenio”, que a su parecer puede salvar el microrrelato individualizado, pero la fórmula reiterativa resiste peor la lectura seguida[13]. Mi experiencia lectora me dicta, de todas formas, que la lectura de microrrelatos, como la de poemas, exige cierta dieta para evitar el empacho.

Los escritores de cuentos suelen quejarse del poco interés lector que el cuento suscita, a diferencia de la novela. Aparicio expresa una idea que explica quizá por qué sucede lo indicado: cada cuento es un mundo autónomo que requiere –escribe- “un esfuerzo individualizado de penetración en cada uno de ellos”. Se trata de una experiencia común: en el mundo imaginario de una novela permanecemos durante un tiempo considerable; en el del cuento, y más si es un relato breve, apenas nos instalamos nos echan del salón. De ahí que la rapidez de desarrollo de la historia necesite compensarse con otras cualidades, como la inmediata entrada en materia o el final imprevisible. Si el microrrelato es, como quiere Irene Andres-Suárez, el cuarto género narrativo, tal vez haga renacer la atención lectora –no sólo teórica y crítica- sobre la narrativa corta en su conjunto.

La mitad del diablo es un libro, pues, de 136 relatos breves que se organizan de tal modo que la brevedad de los mismos va potenciándose progresivamente, como ya hemos adelantado, del primer relato (página y media) al último, reducido a una sola palabra, a una sola sílaba: “Yo” y titulado “Luis XIV”, el Rey Sol, aquel que imbuido de una potestad casi divina afirmaba: “El Estado soy yo”.  A este relato, si lo fuera, nos hemos referido ya. Es el más breve que conozco, aunque supongo que alguno habrá reducido al silencio, es decir, que conste sólo de título; el cuento de Aparicio es la elipsis retórica en su más alta expresión; si funciona, lo hace como un fogonazo de luz, como una imagen fulgurante y repentina, como la plasmación plástica y verbal del super-ego. Probablemente tal texto (o textículo), por su hiperbrevedad, sea pasto de las futuras antologías del microrrelato en español.

Ciento treinta y seis cuentos autónomos, yuxtapuestos, forman, como hemos venido repitiendo, La mitad del diablo; pero el sello de Aparicio genera en el conjunto una atmósfera peculiar reconocible en algunos rasgos característicos, entre los que apunto como más atractivo el de la narratividad en estado puro. Aparicio es un narrador nato, un contador de historias, sin que estas sufran “pausas” descriptivas o digresivas; de esta manera, el ritmo del relato es progresivamente continuo, sin alteraciones, paradas o retenciones que creen espacios de morosidad o de dilación temporal. Este hecho contraría las opiniones críticas que aproximan el microrrelato a la poesía o a la estampa literaria, más concretamente, al poema en prosa, colocando a los dos géneros en una zona fronteriza. El asunto no es novedoso, dada la hibridación de géneros en la literatura contemporánea y la tendencia, quizá general, al minimalismo. En cualquier caso, los cuentos de Aparicio son relatos, breves y brevísimos, pero relatos, y, de cualquier manera, los más reducidos están más cercanos a la reflexión rápida y al apunte ingenioso que a la poesía, aunque se asemejen  a esta en la intensidad y la concisión.

El relato breve exige, como antes indiqué, la entrada en materia desde la primera palabra y el final sorpresivo por inesperado. Una y otra cosa se da en todos los relatos de Aparicio. La frase final causa siempre un efecto-sorpresa, como se comprueba leyendo relatos como el titulado “El Big Bang”, en el que la frase final ronda lo inesperado, que en algunos relatos linda con lo paradójico, o como “La sed del diablo”, cercano como el anterior a la facecia, cuya brevedad nos permite transcribirlo aquí: “Era un joven océano azul y brillante. Un día el diablo le pidió agua y, compadecido, le dejó beber. Hoy es el desierto del Sahara”. En los dos casos, y en la mayoría de los microrrelatos de Aparicio, la intuición ingeniosa de la frase final produce un impacto que contraría, de forma luminosa, lo previsible: es un efecto estético muy poderoso, a pesar de la precariedad textual del microrrelato.

Hay que añadir aún otro aspecto notable del relato breve: el humor. Aparicio mismo lo ha puesto al lado de la elipsis y la invención. Es el humor que impregna relatos como “Compartir el cielo”, en el que el matarife de Lot –como se sabe, la ciudad inventada de Aparicio tiene nombre propio- sueña con un cielo de cerdos, los que ha matado a lo largo de su vida de jifero; o como “Celibato”, en el que la prohibición de casarse para los sacerdotes reside en la idea insólita de que “Luzbel se había vuelto contra Dios porque no le concedió la simple separación de otro ángel al que había jurado amor eterno”.

En estos relatos breves despliega Aparicio toda su capacidad inventiva para contar historias diversas siempre sorprendentes y con variadas tonalidades de sentimiento, del humor benevolente al humor negro de “Estar vivos”, de la emoción amorosa de “La traición” al humor macabro de “El grito”.

Los relatos se mueven entre situaciones verosímiles y supuestos imaginarios que en numerosos casos derivan hacia lo fantástico, como sucede en la hipótesis que origina “Cazadores” o en la suposición unamuniana de “La partida”, según la cual somos personajes de un juego de Dios. El microrrelato es un género “especialmente proclive a lo fantástico” [14], en cuanto algo insólito que perturba nuestra cotidianidad, y los de Aparicio lo muestran palpablemente, aunque haya relatos, como “Remordimientos” en los que sólo al llegar a la frase final sabemos de ese otro mundo creado por la fantasía. A ese mundo, o en todo caso al mundo más amplio de lo insólito, cabe atribuir relatos como “No se me oye”, “Cuento del falso eunuco”, “Mutantes”, “La reina”, que se mueve dentro del mundo de los sueños, capaces, en efecto, de contrariar las leyes naturales, “Humo”, “El reconocimiento”, en relación, como varios otros relatos, con el demonio, etc.,  etc.

Pero en mi opinión los relatos de Aparicio aluden siempre a situaciones humanas en las que es tan importante lo que soñamos como lo que vemos. Como dice uno de los relatos, “una situación como de sueño, pero que sabía a real”. Esas situaciones humanas nos hablan de miedos, celos, emociones, debilidades, cambios de personalidad o desdoblamientos de la misma o de la propia imagen (tema del doble), de fantasmas personales, sueños, deseos, destinos contrariados, promesas sólo resueltas tras la muerte, venganzas, posibilidades de futuro no cumplidas, etc., etc.

El motivo del desdoblamiento es frecuente (“Ataque al corazón”, “Los dos caminantes”, “El premio”, etc.), pero en el conjunto predominan las referencias escatológicas, es decir, los argumentos que tienen que ver con la muerte y demás postrimerías o novísimos; historias de muertes violentas o imaginarias, de muertes presentidas o estados de coma, reos y ajusticiamientos, de condenas y ejecuciones, del infierno y del mito bíblico del diablo. Podríamos citar, por ejemplo, relatos que aluden a ajusticiamientos inquisitoriales, como “Después”, “Más”, “Volver atrás”, “La redención” o “Lógica”; narraciones de amor y muerte como “Amada en la distancia”, “Promesa juvenil” o “¿Ménage à trois?”. Algunos en su carácter sintético son admirables: en sólo una frase, “El sueño” resume una filosofía: “Murió y no supo que había despertado de un sueño”.

A pesar de la extrema brevedad, los microrrelatos admiten las técnicas narrativas más efectivas, entre las que yo destacaría, en los de Aparicio, las llamadas prolepsis o anticipaciones del futuro, pero con una cualidad muy original: se trata de un futuro que no existe ni existirá; es un futuro imaginario, que reside sólo en la mente del personaje, sea como ilusión o como mera fantasía; es el futuro previsible o posible si las circunstancias no hubieran torcido el destino verosímil; así ocurre en “La traición” o en “Rememoración final”; en el primero, en el que se hermanan acción y emoción, realidad y deseo, fidelidad y traición, toda una vida puede cambiar en segundos de iluminación, cuando uno descubre ese horizonte nuevo que podría ser la existencia si las circunstancias no la desviaran; en el segundo relato, el joven paracaidista, en ese momento fugaz de caída libre en el que el paracaídas no se le abre, previó un futuro ya negado, un futuro imposible.

Hay otro asunto que me parece de interés. Tras tantos siglos de escritura, la literatura es pasto de sí misma, se alimenta de ella misma; los escritores extraen tópicos, temas y fórmulas de obras del pasado que sirven de referencia. Estamos en el campo de la intertextualidad y la metaliteratura. No es frecuente este aspecto, según creo, en la literatura de Aparicio, pero también hay algunos casos, como los cuentos titulados “El graffiti” y “El trino”; se basa este último en el cuento tradicional del fraile que, absorto ante el canto de un pájaro, pierde el sentido del tiempo transcurrido; Aparicio repristina la historia haciendo que cuando el fraile regrese al convento, este se haya transformado en una urbanización de chalets y un campo de golf: se trata de la actualización del viejo tópico del “locus amoenus”, pues hoy, éste, más que una naturaleza grata lo constituye, por ejemplo, un centro multiusos o ese campo del golf del que habla Aparicio.

En otros relatos expresa Aparicio una concepción del arte, y por tanto de la literatura, muy moderna y sintética, pues resume en pocas líneas las muchas que otros han gastado para teorizar sobre los mundos posibles de la literatura. Me refiero a los relatos titulados “La síntesis” y “La vida en el lienzo”; dice el primero: “David Slaziel estaba descontento. Decía que el arte es un misterio y un milagro, pues no sólo recrea la vida al representarla, sino que también compite con ella, creando, cuando es verdadero, una realidad paralela y superior, síntesis a un tiempo de la propia vida y de su representación”.

Como ya hemos indicado, si La mitad del diablo abocaba a la mínima materia verbal (“Yo”) de “Luis XIV”, El juego del diábolo, publicado en 2008, se iniciaba con un texto brevísimo para ir de menos a más, formándose así entre uno y otro libro la figura del “diábolo”, el juguete de dos conos unidos por la cúspide. De nuevo la elipsis, es decir, “la relación específica entre lo que se dice y lo que no se dice”, como explica el autor, es la que instala los relatos en la brevedad. Pero nada sería la elipsis en sí misma si el narrador no dispusiera de una capacidad de invención verdaderamente admirable, si no arbitrara esa especie de intuiciones narrativas o de imaginación rápida que hace que un mundo quepa en una línea. La fertilidad es otra cualidad del autor, que ha encontrado en el microrrelato un ámbito narrativo bien abonado. La brevedad es cualidad ínsita a los relatos cuánticos, unida a la narratividad y a la calidad estética, así como al ingenio, cualidad destacadísima en los relatos de Aparicio y especialmente en El juego del diábolo, como señaló Pozuelo Yvancos en cita transcrita más arriba. En cada relato mínimo hay una historia más o menos relatada, más o menos sugerida. El rápido paso de un relato a otro exige un lector dinámico, capaz de ir digiriendo, sin empalagarse, las sucesivas historias que le salen de continuo al paso. Y capaz de aceptar lo que el microrrelato tiene de juego, de ingenio, de humor, de guiño y complicidad.

En los minicuentos de Aparicio ficción y realidad se imbrican de manera tal que todo acaba siendo transfigurado en lo que es, pura ficción: los protagonistas de una película se pueden convertir en espectadores; las situaciones corrientes son guiadas o torcidas por lo inesperado; una circunstancia imprevisible puede cambiar repentinamente una vida. Como se dice en uno de los cuentos, “lo falso fue entrando poco a poco en el terreno de lo verdadero”. Lo imprevisto suele residir en la conclusión, en esa frase final que, contra toda conjetura, da la vuelta al cuento e invierte la situación como si fuera el forro de un bolsillo.

Los cuánticos de Aparicio sorprenden por su variedad. Se inicia El juego del diábolo con un juego intertextual titulado “Desayuno”: “Cuando regresó, el funcionario seguía ausente”. Monterroso nos sale inevitablemente al paso, pero en Aparicio la alusión a la tradicional ausencia de quien nos debe atender en un organismo público resume la experiencia de cualquier lector y actualiza el “vuelva usted mañana” que criticó Larra. A su lado, la relación del autor con su obra o con sus personajes nos asalta en algunos casos (“Entre los personajes de sus novelas había un líder muy agresivo, le tomó miedo y dejó de escribir para no enfrentarse a él”); hay ecos míticos, de Dafne en el titulado “El Serbal”; da la vuelta al tópico del “Carpe diem” en el cuento así titulado; proporciona una novedosa versión “de lo que contesció a un rey con los burladores que ficieron el paño” en “Real solidaridad”…; lo insólito da pie a relatos como “Sadomasoquismo”, “El marido enamorado”, “Misil inteligente” o “Cruzar la calle”; lo fantástico invade relatos como “Corazón de mandril”, “El virus, “El salto” y muchos otros; lo siamés es en determinados relatos (“La anomalía”, “El campeonato del mundo de ajedrez”) una nueva faceta del doble; hay juegos, humor, ironías, parodias, referencias a los propios relatos que se están contando o se contaron en La mitad del diablo, agudezas que exprimen correspondencias, como quería Gracián, etc. etc.

La diferencia que puede establecerse entre La mitad del diablo y El juego del diábolo es de orden temático. Si en aquel sobresalían los asuntos escatológicos, es decir los relatos sobre la muerte y la vida de ultratumba, en El juego del diábolo dominan los “asuntos de amor”, como tituló Aparicio una antología de cuentos a la que nos hemos referido anteriormente: problemas de pareja, encuentros de una sola noche, adulterios e infidelidades, celos y crímenes, suplantaciones, deslealtades, ilusiones y desengaños. Los propios títulos nos hablan en ocasiones de esta problemática: “Felicidad conyugal”, “Amor eterno”, “El marido enamorado”, “Noche de amor”, “Crisis matrimonial”, etc. El narrador reitera la fórmula en muchos de los relatos, sumando a su inventiva fertilidad e ingenio. La repetición de la fórmula es uno de los riesgos que el autor ha corrido.

El lector sorprenderá a un narrador nato, irónico, no mordaz, pero sí socarrón a veces, crítico o escéptico otras, regocijado ante determinadas situaciones, cuando no tolerante con los desajustes que se producen en una realidad que observa para extraer de ella los motivos que caminan inicialmente en una dirección para terminar movidos por lo imprevisible, algo que si es ley del relato breve en general, lo es de modo sobresaliente en los cuánticos de Aparicio, tanto en los de La mitad del diablo como en los de El juego del diábolo.

NOTAS:

[1] La última, a cargo de Irene Andres-Suárez, se ha publicado recientemente en la colección “Letras Hispánicas” de Cátedra con el título Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo (2012). Precedida de una extensa introducción, donde la autora aborda las características y la historia del género, la antología recoge textos de 73 autores, de Juan Ramón Jiménez a Manuel Espada.

[2] Lagmanovich, David , El microrrelato. Teoría e historia, Palencia, Menoscuarto, 2006, pp. 16-19.

[3] Ródenas de Moya, Domingo, “Consideraciones sobre la estética de lo mínimo”, en Gómez Trueba, Teresa (ed.),Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea, Gijón, Cátedra Miguel Delibes / Libros del Pexe, 2007, p. 80.

[4] Ibíd., p. 70.

[5] Valls, Fernando, “Sobre el microrrelato: otra Filosofía de la composición”, en Gómez Trueba, Teresa (ed.), 2007, pp. 117-124. Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea, cit., pp. 117-124.

[6] Aparicio, Juan Pedro, La mitad del diablo, Madrid, Páginas de Espuma, 2006. 172 pp.

[7] Aparicio, Juan Pedro, El juego del diábolo, Madrid, Páginas de Espuma, 2008. 168 pp.

[8] Aparicio Fernández, Juan, El origen del mono y otros relatos, Madrid, Akal, 1975. 168 pp.; fue reeditado en 1989 por la editorial barcelonesa Destino, con algún cuento de menos y la adición de alguno nuevo.

[9] Aparicio, Juan Pedro, La vida en blanco, Palencia, Menos cuarto, 2005. 182 pp.

[10] Aparicio, Juan Pedro, Asuntos de amor, León, Everest, 2010. 176 pp.

[11] Un buen estudio de los microrrelatos de Juan Pedro Aparicio lo ha realizado Irene Andres-Suárez en su libro El microrrelato español. Una estética de la elipsis, Palencia, Menoscuarto, 2010, pp. 281-295.

[12] Aparicio, Juan Pedro, “Poética cuántica”, en Andres-Suárez, Irene y Rivas, Antonio (eds.), La era de la brevedad. El microrrelato hispánico (Actas del IV Congreso Internacional de Minificción, Neuchâtel, 2006) Palencia, Menoscuarto, 2008, pp. 491-496; “Materia oscura y literatura cuántica”, en Montesa, Salvador (ed.), Narrativas de la posmodernidad. Del cuento al microrrelato, Málaga, Universidad de Málaga, 2009, pp. 189-206.

[13] Pozuelo Yvancos, José María, “Ingenio más ingenio”, ABCD de las Artes y las Letras, 22 de noviembre de 2008.

[14] Irene Andres-Suárez, “Introducción” a Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, cit., p. 73.

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