Alrededor de Luis Loayza

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avaroPOR: JAIME CABRERA JUNCO

No ha concedido una entrevista ni dictado una conferencia. Jamás ha participado en una actividad pública ni le interesó promocionarse. Probablemente nunca sabremos quién es realmente Luis Loayza. Un amigo lo llamó en broma “el J. D. Salinger peruano”. Sin embargo, a diferencia del autor de “El guardián entre el centeno”, Loayza no es un ermitaño extremo. Autor de culto y oculto, su pluma es considerada como una de las más exquisitas de la literatura peruana. Pero acercarse a él, franquear la barrera de su intimidad, es imposible. Como a un buen ajedrecista, ningún periodista ha logrado ponerlo en jaque por más cercano que haya sido el asedio. “El ajedrez es semejante a la vida”, dijo Miguel de Cervantes. Loayza ha defendido su privacidad como a un rey.

Bastará decir, quizá, que nació en Lima el 22 de setiembre de 1934. Que hace más de 30 años no vuelve al Perú. Que ha publicado apenas dos libros de cuentos, una novela y dos tomos de ensayos. Una obra breve, pero que ha sido suficiente para considerarlo un escritor de prosa fina, precisa, con un brillo que se ha mantenido desde hace seis décadas, cuando en 1955 apareció “El avaro”, su primer libro de relatos. Además de su desdén por la fama y el reconocimiento.

“Nunca se interesó mucho en publicar. A él le gustaba escribir. Muchas veces quien lo ha empujado a publicar y a escribir he sido yo”, dice Abelardo Oquendo, crítico literario y el mejor amigo de Loayza. Él es la llave para llegar a este esquivo autor. Oquendo es fundador de revistas literarias; la más longeva en actividad es “Hueso Húmero”, creada en 1979. No aparenta sus 85 años, se conserva tan delgado y vital como aparece en los retratos de su juventud.

Se conocieron en la Universidad Católica cuando Loayza tenía 18 y él 22. Luis Jaime Cisneros los presentó y su amistad se fortaleció por la literatura. “Simpatizamos inmediatamente, teníamos gustos semejantes y nos hicimos amigos”, comenta Oquendo. El joven estudiante, que ya tenía inquietudes literarias, cursaba
Derecho para satisfacer a su padre. Una vez que terminó la carrera le entregó el diploma y nunca ejerció la abogacía.

Sus padres fueron Luis Aurelio Loayza Silva y Gaudencia Elías; él de Lima, ella de Ica. Tuvieron dos hijos: Rosario y Luis, ella tres años mayor que él. Una vez casados se instalaron a fines de la década de 1920 en una casa de dos pisos que don Luis Aurelio mandó a construir. Estaba ubicada en la avenida Petit Thouars 4585, en Miraflores. Casi al frente se encontraba el cine-teatro Canout, construido en 1954 y que hoy funciona solo como teatro donde se montan obras con personajes de la farándula limeña. Paradójicamente, los que ahora se desesperan por figurar en la prensa moran al frente de donde vivía el más discreto de nuestros escritores. De la casa no queda ningún rastro. El terreno lo ocupa una tienda-taller de productos ortopédicos.

“El padre de Loayza fue por muchos años secretario general de la Municipalidad de Lima. Luis trabajó un tiempo en la biblioteca de la Municipalidad. Era un gran puesto para él. Podía leer mucho”, recuerda Oquendo. Loayza era un lector voraz. Como había aprendido bien el inglés en el colegio Santa María, leía a los autores norteamericanos y británicos en su lengua original. Entre sus predilectos estaban Henry James y Thomas de Quincey. Allí estaba el germen de su destacada faceta de traductor.

LOAYZA VISTO POR SUS AMIGOS

El ilustre lingüista Luis Jaime Cisneros recordaba así a Loayza: “Estaba hecho de silencio y timidez, y miraba desde sus altos y cansados ojos con algo que era desasosiego y quería parecer serenidad”. En realidad no era tímido. No le gustaban los grupos grandes, nunca le ha gustado ser el centro de atención. “Detestaba las reuniones de más de seis o siete personas”, añade Oquendo.

Mario Vargas Llosa fue otro de sus grandes amigos y en “El pez en el agua” recuerda a quien bautizó como ‘El borgiano de Petit Thouars’: “Era alto, de aire ido y desganado, dos o tres años mayor que yo, y, aunque estudiaba Derecho, solo le importaba la literatura. Había leído todos los libros y hablaba de autores que yo no sabía que existían —como Borges, al que citaba con frecuencia, o los mexicanos Rulfo y Arreola— y cuando yo saqué a relucir mi entusiasmo por Sartre y la literatura comprometida su reacción fue un bostezo de cocodrilo”. “Lucho es parco. Aun hablando es parco”, afirma Baldomero
Cáceres Santa María, psicólogo social y gran amigo él también de Loayza desde los años universitarios.

A Loayza le gustaba mucho caminar. Cada uno de estos amigos recuerda que solían turnarse para acompañarse a sus respectivas casas. En esas charlas peripatéticas, Loayza hablaba de literatura, de cine —le fascinaba Hitchcock— y también de jazz —admiraba a Louis Armstrong.

EL TRÍO LITERARIO

La amistad entre Loayza, Oquendo y Vargas Llosa se volvió una hermandad. Una hermandad cimentada en lo literario. Compromiso que los llevó a la creación de una revista que finalmente se llamó “Literatura”, pero que Loayza quería llamar “Musaraña”, una muestra de que para él, a diferencia del futuro Nobel, lo literario no tenía que ver con el mundo. “Mario era un fervoroso del compromiso intelectual, y Loayza, todo lo contrario. Quería literatura pura”, recuerda Oquendo.

Pero ese no fue el único proyecto de los tres amigos. Animados por un entusiasta Vargas Llosa surgió la idea de viajar juntos a Europa. El objetivo era París y, si no había más remedio, harían un alto en otra ciudad cercana. Loayza estaba decidido a partir. Incluso su padre se había comprometido a ayudarlo económicamente. Sin embargo, para Abelardo Oquendo las cosas fueron más complicadas, acababa de tener una hija, y una aventura con una familia era ya una empresa riesgosa.

El primero en partir fue Vargas Llosa, quien ganó el concurso de una revista francesa cuyo premio era un viaje a París, que realizó en enero de 1958. Al año siguiente ganó una beca para seguir un doctorado en España y luego volvería a mudarse a la capital francesa. En 1959 Loayza le dio el alcance y vivió un tiempo en el hotel Wetter, en la rue du Sommerard, en el Barrio Latino. Allí, en Francia, se enamoraría y casaría al poco tiempo.

LOAYZA VS. BOBBY FISCHER

El Loayza que no conocemos era bromista y conversador. Tenía arranques que sorprendían a sus amigos como cuando participó en un concurso de glotones. La competencia consistía en comer pizzas. Loayza, que tenía buen apetito, ganó. En otra ocasión, se le ocurrió buscar un papel que tuviera la misma textura de un billete para cortarlo del mismo tamaño y dárselo a los mendigos ciegos. Nunca llegó a hacerlo, pero ocurrencias de ese tipo pasaban por su mente. “Yo creo que Lucho más se jactaba de haberle ganado a Bobby Fischer que de todo lo que había escrito”, dice Baldomero Cáceres con una estruendosa carcajada.

Robert ‘Bobby’ Fischer, el más grande ajedrecista estadounidense de todos los tiempos, participó en una partida simultánea en Nueva York, el 21 de mayo de 1965. Entonces Loayza trabajaba como traductor en las Naciones Unidas y era secretario del club de ajedrez. De los 26 oponentes, solo dos lograron vencer al campeón mundial. Uno de ellos fue Loayza. Las jugadas de la partida se pueden revisar actualmente en Internet. Fueron en total 23 movimientos. El escritor jugó con fichas negras y sostuvo la defensa Caro-Kann, una de las aperturas más sólidas y empleada por muchos de los campeones mundiales del
deporte ciencia.

“Una vez me ganó jugando a ciegas. Él estaba mirando por la ventana de su casa y me dictaba sus jugadas. En diez movimientos me dio mate”, recuerda Oquendo. “Cuando caminábamos por la avenida Arequipa me dijo para jugar ajedrez mentalmente”, dice Baldomero Cáceres. “Era también imbatible en el tres
en raya”, añade.

LA VIDA EN EUROPA

Loayza conoció a Rachel Guerné en 1959. Era una joven maestra francesa nacida en Nancy, poco antes de la Segunda Guerra Mundial. El joven escritor había ido al Festival de Aviñón, el más célebre y antiguo evento de artes escénicas de Francia. El encuentro se produjo durante la función de “Sueño de una noche de verano”, dirigida por Jean Vilar. Rachel no hablaba español. Se casaron un año después en París.

Luis y Rachel tuvieron dos hijos: Daniel, nacido en 1961; y Diego, en 1965. Luego de que naciera el mayor, la pareja decidió radicar en Lima. Vivieron un tiempo en la capital hasta que en 1963, tras un concurso público, Loayza fue contratado como traductor en las Naciones Unidas. La joven familia se mudó a Nueva York, donde nacería su segundo hijo. En 1967 se trasladaron a Ginebra luego de que la ONU aceptara el pedido de Loayza, quien quería estar más cerca de la patria de su esposa.

“Loayza volvía cada dos años al Perú y no lo hizo más luego de que fallecieron sus padres”, afirma Oquendo. De eso han pasado más de 30 años. Nadie recuerda una fecha precisa.

Daniel Loayza es profesor de Lenguas Clásicas, es traductor como su padre y trabaja en el Teatro del Odeón. Es experto en Dramaturgia y tiene dos hijas: Flora y Sibylle, de 13 y 11 años respectivamente. En tanto, Diego es biólogo y trabaja en la Universidad de Nueva York, ciudad donde reside. Tiene un hijo llamado Raphael, de 12 años.

PARA LEER A LUIS LOAYZA

“La obra de Loayza es una suerte de secreto bien guardado, cuyo descubrimiento siempre dejará un lector agradecido”, nos dice vía e-mail César Ferreira, académico peruano de la Universidad de Wisconsin, y coeditor del libro “Para leer a Luis Loayza.”“Su prosa me parece la mejor del país. No es un virtuoso de la técnica sino de la palabra precisa”, afirma el escritor Iván Thays. “‘La segunda juventud’ me parece un cuento muy bueno, muy medido, muy limeño”, nos responde desde Argentina la escritora Hebe Uhart. “El primer libro que leí de él fue” El sol de Lima”. Desde allí supe que estaba frente a un autor que combinaba perfectamente erudición, sencillez y entretenimiento”, dice desde Santiago de Chile Alejandro Neyra, escritor y diplomático peruano.

Su primer libro de relatos, “El avaro”, destaca por su minimalismo expresivo, a través de una prosa que dialoga con formas antiguas de la literatura clásica, como la fábula, el aforismo y un tránsito hacia lo que hoy se denomina el microrrelato. El cuento que da nombre al libro es paradigmático, pues se refiere a alguien quien tiene un poder y se rehúsa a utilizarlo. Una lectura en clave podría sugerir que Loayza literariamente es un avaro, pues su silencio narrativo se ha prolongado.

Su obra no siempre fue valorada en su real dimensión. El novelista Miguel Gutiérrez, en su ensayo “La generación del 50: un mundo dividido”, calificó a “Una piel de serpiente” —la única novela de Loayza— como “una de las más aburridas de la literatura peruana”. La crítica del escritor piurano tenía un sesgo político. En esta obra, un grupo de jóvenes quiere mantener a flote un periódico que acaban de fundar en plena dictadura de Odría. El texto, publicado en 1964, destaca por su limpidez y por esa capacidad de expresar, entre el silencio y el laconismo de sus personajes, la fractura de una sociedad bajo un poder autoritario. En “Otras tardes”, de 1985, se evoca la ciudad, en tanto sus personajes suelen concebir su entorno como monótono y frustrante. El relato que da título al libro nos muestra las tribulaciones de un joven profesor enamorado de una mujer casada. El clima, las calles, los lugares cerrados influyen en las acciones de los personajes.

Loayza es también un notable ensayista. Destacan, además de “El sol de Lima”, textos como el dedicado al Inca Garcilaso, al “Ulises”, de Joyce, entre otros. Escribe sobre estos temas de manera sencilla en un momento en que se había puesto de moda ser oscuro.

La publicación de sus textos completos el año 2000 por la Universidad Ricardo
Palma permitió que este autor secreto sea descubierto por más lectores jóvenes. Actualmente, la Universidad Diego Portales, de Chile, tiene planeado reeditar la obra ensayística de Loayza, lo cual permitirá que lectores de otros países lo descubran. El proyecto aún no tiene fecha definida.

UN ESCRITOR DE LA MEMORIA

Luego de jubilarse de las Naciones Unidas, Loayza y su esposa se mudaron de Ginebra a París. Actualmente viven en el barrio

Le Marais, entre la Plaza de la République y el Museo Picasso, en el tercer piso de un edificio del siglo XVIII. Su departamento, ubicado en la esquina del edificio, da a dos calles. Tiene seis recámaras. Hay libreros en todos los ambientes, menos en uno. También hay muebles franceses, elegantes y sencillos, del siglo XVIII y XIX, que fueron elegidos por Rachel. Loayza tiene un estudio donde lee, escucha música y ve películas. De vez en cuando revisa alguna partida de ajedrez.

—¿Ha dejado de escribir?
—Lleva años sin hacerlo, al menos que yo sepa. Muchos —dice Oquendo, con quien se escribe casi todas las semanas desde hace décadas.

Nadie sabe dar las razones por las que Loayza no ha vuelto a escribir. Oquendo está convencido de que no tiene
textos inéditos.

—Siempre lee mucho. Está leyendo poca literatura, y más historia y ensayos —añade.
Aficionado a las caminatas, Loayza ha tenido que restringirlas drásticamente. Actualmente utiliza un bastón para apoyarse y tiene que salir acompañado.
—¿No le pregunta nada del Perú?
—Del país siempre está enterado. A través de Internet lee los periódicos. Sabe lo que pasa acá —responde Oquendo.
—¿Nunca le ha comentado por qué no quiso volver?
—La personalidad de Loayza es muy especial. Él cultiva el recuerdo. La vivencia es algo que va revelándose en el recuerdo y atesorándose en la memoria.

“Para qué voy a volver a Lima si lo único que hago es dejar que devaste mi memoria”, le dijo una vez. En sus últimos regresos, a inicios de la década del ochenta, el autor de “Otras tardes” (su último libro de cuentos, publicado hace 30 años) se sentía fastidiado por los cambios de la ciudad, especialmente en Miraflores. Cada vez que volvía notaba que había más edificios, que desaparecían los árboles. Ni qué decir de su calle de Petit Thouars, donde ahora cunden oficinas, peluquerías y negocios donde antes solo había casas.

“Más que los placeres de la vida vivida, le interesa su recreación y recuperación por la memoria. Eso puede verse en sus textos”, afirma Oquendo, quien sin proponérselo ha sido el agente literario de Loayza.

“¿Qué quedaba de la ciudad delicada en el caos ruidoso e impersonal que sigue llamándose Lima?”, escribió este narrador fino y secreto en su cuento “Padres e hijos”. La ciudad que lo inspiró se ha desvanecido, pero no su prosa que se mantiene firme y a la espera de nuevos lectores para descubrir y transitar por su calmada belleza.

Publicado el domingo 12 de octubre de 2015.
Del Diario El Comercio – Suplemento El Dominical (Lima, Perú). Alrededor de Luis Loayza.

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