El cultivo de la brevedad en el lenguaje

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POR: SILVINA FRIERA

Ana María Shua, Luisa Valenzuela, Raúl Brasca, Pedro Lipcovich, Juan José Panno y Eugenio Mandrini, entre otros, participarán del encuentro que se desarrollará hoy y mañana en el auditorio de TEA y DeporTEA. Habrá lecturas, presentaciones de libros y mesas redondas.

El eco intenso del lenguaje despliega un carrusel de historias en pequeño formato. “Despiértate, que es tarde, me grita desde la puerta un hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta le hace, le contesto yo. Pero el muy obstinado me sigue soñando.” Ana María Shua, la autora de este microrrelato, participará del I Coloquio Argentino de Microficcionistas, que empieza hoy en el auditorio de TEA y DeporTEA, junto con Luisa Valenzuela, Raúl Brasca, Martín Gardella, Rosalba Campra, Eugenio Mandrini, Pedro Lipcovich, Juan José Panno, Susana Swarcz, Gilda Manso, Fabián Vique y Sandra Bianchi, entre otros. Al bello parloteo se sumarán también escritores de distintas provincias del país, como Eduardo Gotthelf (Río Negro), Patricia Nasello y Liliana Aguilar Orantes (Córdoba); Ana María Mopty, Mónica Cazón, Norah Scarpa Filsinger y Melina Moisé (Tucumán); Leandro Hidalgo, Juan Manuel Montes y Carolina Fernández (Mendoza); Ildiko Nassr (Jujuy), Laura Pollastri (Neuquén), Rogelio Dalmaroni (Misiones), Sandro Centurión (Formosa), Cecilia Maidana (Santa Fe) y Edgardo Epherra (Bahía Blanca).

Brasca, entrenado en la esgrima verbal de las microficciones como autor, antólogo y especialista, aclara que en este primer Coloquio –organizado conjuntamente por PEN Argentina, la Internacional Microcuentista y la Jornada Anual de Microficción– no hay ponencias ni conferencias magistrales. Habrá muchas lecturas, presentaciones de libros y mesas redondas sobre los procesos creativos de la microficción, las nuevas tecnologías, los modos de circulación, la expansión territorial del género o la relación dialéctica entre microficción y coyuntura social, por mencionar apenas un puñado de cuestiones. ¿Hay acuerdo en definir qué es una microficción? ¿La brevedad es la madre del género? “No hay acuerdo ni siquiera entre los académicos –confirma Brasca–. La posición narrativista considera que la microficción es el último eslabón de la narrativa, teoría a la que adhiere David Lagmanovich. Después está la posición transgenérica, que la define más por sus características, como el uso del silencio, que puede ser elipsis o no. O la utilización del humor, de lo lúdico, del juego. La característica fundamental para mí es el uso del silencio, de lo que no se dice. El silencio de la microficción es un silencio complejo que difiere del silencio del chiste, que es elemental y se limita a ocultar un sentido de efecto risible hasta el final. O el silencio de la adivinanza, que también es elemental y oculta algo que es permanentemente aludido desde el texto. El silencio de la microficción es más complejo y está ligado a la ironía”.

“El dinosaurio”, el microrrelato paradigmático de Augusto Monterroso, es muy señalado por la posición narrativista, agrega Brasca, porque tiene todos los elementos requeridos: alguien a quien le sucede algo en un lugar y en un período de tiempo, contado en siete palabras. “Desde otro punto de vista, las microficciones que tienen como característica la ironía, el cultivo del lenguaje y la brevedad, considera como fundador a Julio Torri, un autor mexicano de principio de siglo XX, anterior a Monterroso. Aunque me ponga antipático, los españoles, que se resisten a que haya un género nacido en América, dicen que contemporáneamente Juan Ramón Jiménez creaba la microficción en España. Pero las piezas breves de Juan Ramón Jiménez no tienen nada que ver para mí con el espíritu de la microficción”, explica el autor de Las aguas madres (1994) y Todo tiempo futuro fue peor (2004), entre otros libros.

El género vibra y crece tanto que ya dispone de editoriales que se dedican casi con exclusividad a la microficción, como Macedonia Ediciones o La Aguja de Buffon (Tucumán). Dos editoriales latinoamericanas participarán del I Coloquio Argentino de Microficcionistas: Alberto Benza de Micrópolis (Perú) y Lorena Díaz de Sherezade (Chile). Y se presentarán muchos libros: Temporada de fantasmas, de Ana María Shua; Flora y fauna, de Gilda Manso; Ficciones desmedidas, de Rosalba Campra; Caramelos masticables: Microficciones para leer en un recreo, de Martín Gardella; Manual de autoayuda para fantasmas, de Daniel Frini; Yo también maté a un Terminator, de Sandro Centurión; Legislación urgente para el logro de una humanidad sustentable, de Eduardo Gotthelf; La vida y otras inquisiciones, de Norah Scarpa Filsinger; Narrar es humano, de Juan Romagnoli; Música para naufragios y otros eventos sociales, de Alejandro Bentivoglio; Peces, de Fabián Vique, y En cancha chica, de Juan José Panno, entre muchos más títulos. “En este momento el problema es encontrar lo mejor en el gran océano de las microficciones; es impresionante lo que se escribe y publica. La microficción es un modo expresivo que se adecua muy bien a la contemporaneidad por esa cosa lúdica, por ese decir irónicamente, esos segundos sentidos a los que nos hemos habituado porque está en nuestra manera de leer. Los argentinos estamos leyendo siempre entre líneas”, plantea Brasca. “La microficción es el género que más se difunde por Internet. El éxito de la microficción no es porque la gente está apurada y leer cortito le viene bien y le resulta fácil. No creo que sea ese el motivo porque la mayoría de los lectores se inclina todavía por gruesas novelas. Me parece que las cualidades de la microficción son muy atractivas para los lectores”.

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