Recordando la V Jornada Peruana de Minificción

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V JORNADA PERUANA DE MINIFICCIÓNecos que dejaron aquellos encuentros breves, el 29 y 30 de octubre, fueron de gran importancia para nutrir la visión del microrrelato peruano.

El evento inició con emotivas y futuristas palabras de inauguración.

Seguidamente, el semiótico Lauro Zavala (México), el escritor Leandro Urbina (Chile) y el crítico Rony Vásquez Guevara, abrieron la Jornada dando cátedra sobre cine, literatura, además de teorías y flexibilidades que podrían existir en el microrrelato.

Las revistas virtuales tomaron la posta con Jorge Ramos, representando a Fix-100, y Carlos Enrique Saldívar con Minúsculo al Cubo. Los textos a través de las redes fue uno de los grandes debates.

Alberto Benza anunció que se vienen buenos tiempos, es importante difundir los trabajos con los mejores ánimos y la mayor comunicación. Es necesario estar unidos en esta gran labor, ya que el círculo aún no es masivo.

En el panorama del microrrelato peruano, el investigador literario, Oscar Gallegos, destacó que dicho género ha tenido un desarrollo más sostenido en Hispanoamérica. Postula tres grandes períodos, basándose en su libro (El microrrelato peruano. Teoría e historia): periodo de formación (inicios del s. XX hasta los años 40), periodo de constitución (los años 50 hasta los 90) y periodo de canonización (años 90 hasta la fecha).

Por su parte, el crítico Jorge Ramos trató la dinámica de publicaciones de los autores de los 50 y la de nuestros narradores posteriores. Así, es notable cómo, a partir del s. XXI, numerosos escritores vienen publicando libros de microcuentos en una cantidad asombrosa, entre los que se cuentan también aquellos eximios narradores del 50, como Carlos E. Zavaleta o Carlos Meneses.

Sumergiéndonos en el mundo de los creadores, el primer diván de microrrelatistas se inició con Francesca Dodero y Carolina Cisneros. Ambas contaron cómo empezó su incursión en el mundo de las brevedades.

Coincidieron en que los talleres podrían servir de ayuda por los diferentes puntos de vista que aportan tanto los asistentes como el tallerista. Si bien es cierto que la lectura constante es una gran enseñanza y el escribir es un acto individual, es importante mantener cierta humildad para no encerrarse en lo que uno cree que sabe. La escritura es un oficio que no tiene fin, no tiene una cima. Siempre habrá nuevos enfoques, nuevas soluciones, nuevos descubrimientos de la mente humana. Cerrarse en uno mismo implicaría limitarse.

Carolina Cisneros destacó el taller con Ricardo Sumalavia, que fue donde se enteró de la existencia de dicho género.

En el segundo diván, Maritza Iriarte nos reveló que ella misma se escribe por mail, lanzando las primeras ideas para una posible historia. Al día siguiente, las lee y se contesta, hasta tener un texto logrado. Muchas veces llegan a un buen fin; otras, se quedan postergadas. Así fue como publicó su primer libro: Aztiram, un mundo de brevedades. Participó en diversos talleres de escritura, entre ellos con Ricardo Sumalavia. Actualmente está escribiendo su segundo libro y le gustaría traducir sus textos al quechua.

En el tercer diván, Jorge Rivera Rojas y Christian Solano hablaron sobre el proceso de escritura. Ambos coincidieron en que los autores no buscan escribir novelas, cuentos largos o minificciones por decisión propia, sino que se dejan llevar por la extensión de palabras o, incluso, por otros mecanismos literarios como el teatro o la poesía. Jorge Rivera contó que participaba en algunos grupos virtuales de letras. Allí observaba, comentaba y permanecía atento a opiniones.

Christian Solano contó un poco más sobre su nuevo libro publicado (Motivos de fuerza mayor, Ediciones Sherezade, Santiago de Chile), presentado por el escritor Sandro Bossio.

Carlos Amézaga, un diplomático de la minificción peruana, ingresó a este mundo a través de un amigo que le pedía textos de cien palabras para publicar en un sitio web. A raíz de estos relatos nació su último libro: Ars brevis, vita longa. Eligió la fábula, un género antiguo y olvidado para muchos, porque las fábulas de Esopo y de Samaniego fueron los primeros libros que leyó. Aunque sus fábulas no tengan moraleja, lo que hace es subvertir un poco la idea original de los textos. Actualmente se encuentra armando otro pequeño libro de microficciones y está por terminar otro de crónicas de cine, de los últimos 50 años…

Finalmente, cerramos con broche de oro: mesa conformada por Ana María Shua, Ricardo Sumalavia y Oscar Gallegos como moderador.

Dentro de los aportes de Ana María Shua, ella marcó una diferencia entre la minificción de Sudamérica y Estados Unidos. En Sudamérica existe una tendencia a contar historias más reflexivas, filosóficas, mientras que Estados Unidos muestra el lado psicológico. Si ambos estilos se juntaran, darían lugar a una revolución en la microficción.

También explicó sobre los límites del microrrelato, comparándolo como un continente que está sutilmente separado de la prosa poética, el chiste, el cuento y el aforismo. Y si se nos hace difícil determinar a cuál de estas cuatro opciones pertenece un texto corto, definitivamente es un microrrelato.

Ana María finalizó contando una linda historia en la que un meteorito colisiona con la tierra, desapareciendo todo el universo. La partícula sobreviviente sería la del microrrelato como la nueva materia viva.

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